Una historia que nació del desierto
Hay lugares donde el fútbol no solo se juega, se vive como una fe.
La Comarca Lagunera, esa tierra que une a Torreón, Gómez Palacio y Lerdo, siempre tuvo alma futbolera. Pero durante años, el sueño de tener un equipo en la Primera División parecía inalcanzable.
Hasta que, a finales de los 80, la historia comenzó a escribirse con esperanza.
Todo empezó cuando Grupo Modelo decidió comprar la franquicia de los Ángeles de Puebla y trasladarla al norte.
El plan era ambicioso: crear un equipo nuevo, con identidad propia, que representara a toda la región.
Así nació Santos Laguna, un club que con el tiempo se ganaría el respeto de todo México.
El nacimiento de una identidad
El nombre no fue casualidad.
“Santos” hacía honor a la cervecería patrocinadora, pero también evocaba algo místico, algo que inspiraba respeto.
Y “Laguna” era la forma de unir a dos estados —Coahuila y Durango— bajo una misma bandera.
Desde el inicio, el club se propuso representar los valores laguneros: esfuerzo, humildad, trabajo y coraje.
El verde y el blanco se convirtieron en los colores de la esperanza y la lucha.
El escudo mostraba orgullo y pertenencia; la camiseta, un símbolo de identidad.
El primer partido en Primera División
El 22 de julio de 1988 se jugó el partido que lo cambió todo.
Era una tarde calurosa en Torreón, y el estadio —el viejo Corona, en el corazón del barrio— estaba lleno a reventar.
Había banderas, cánticos, emoción… y nervios.
El rival era Tampico Madero, un equipo experimentado, y Santos apenas daba sus primeros pasos.
Pero lo que faltaba en experiencia sobraba en corazón.
La gente sabía que no importaba el resultado, porque ese día era histórico: por primera vez, La Laguna tenía un representante en el máximo circuito del fútbol mexicano.
El resultado final fue empate 2-2, con goles que se celebraron como si fueran títulos.
Los aficionados lloraban, se abrazaban, y algunos ni creían que aquello fuera real.
Había nacido un sentimiento que hasta hoy sigue vivo: la pasión guerrera.
El Estadio Corona, un santuario lagunero
Aquel estadio pequeño, con gradas de cemento y alma de barrio, se convirtió en el corazón de la región.
Ahí se forjaron historias, victorias sufridas y derrotas que dolían pero unían.
El Corona era más que un estadio: era una casa, un punto de encuentro, una extensión de la identidad lagunera.
Con el tiempo, los cánticos de la afición se hicieron parte del paisaje sonoro de Torreón.
“El que no salte es de Monterrey”, “¡Santos, Santos!”, y ese grito ensordecedor de cada gol formaron una sinfonía propia.
De la ilusión a la consolidación
El inicio no fue fácil.
Santos era un club joven, sin grandes figuras y con presupuesto limitado.
Pero contaba con algo que no se compra: orgullo y entrega.
En sus primeros torneos, el equipo batalló para mantenerse, pero el apoyo de la afición nunca flaqueó.
Cada partido en el Corona era una fiesta, y los jugadores lo sabían: ahí no se podía perder sin dejar el alma.
Con el paso de los años, Santos empezó a consolidarse.
Jugadores como Pedro Muñoz, Guillermo “Campeón” Hernández, Daniel “Hachita” Ludueña, y Rodrigo Ruiz “El Pony” se convirtieron en ídolos locales.
El club se volvió sinónimo de garra y compromiso.
El primer título: el sueño cumplido
En 1996, apenas ocho años después de su debut, Santos Laguna levantó su primer título de Liga.
Era la confirmación de que la fe y el esfuerzo habían valido la pena.
El equipo dirigido por Alfredo Tena venció a Necaxa y encendió una celebración que duró semanas en toda La Laguna.
Por las calles sonaban claxonazos, los niños jugaban con camisetas verdes improvisadas, y los adultos se abrazaban como si hubieran ganado el Mundial.
La región había pasado de soñar con tener un equipo, a ver cómo ese equipo se convertía en campeón.
Un símbolo de orgullo lagunero
Con el tiempo, Santos Laguna dejó de ser “el nuevo” para transformarse en un club grande, protagonista en Liguillas y símbolo de superación.
Su lema, “Guerrero hasta el final”, se volvió una filosofía de vida.
No importan las adversidades: los Guerreros siempre pelean hasta el último minuto.
Y aunque el club ha tenido altibajos, la conexión con su gente nunca se rompió.
El nuevo Estadio Corona, inaugurado en 2009, mantuvo la esencia del anterior: calidez, identidad y alma.
La casa cambió, pero el espíritu sigue siendo el mismo.
Más que un equipo, una familia
En La Laguna, el fútbol une generaciones.
Padres que vieron el debut de Santos ahora llevan a sus hijos y nietos al estadio.
Cada gol es una historia compartida, un recuerdo nuevo que se suma a la memoria colectiva.
Santos no solo representa a Torreón: representa a una región que aprendió a levantarse ante la adversidad.
Su historia es la de miles de personas que creen que con trabajo y fe, todo se puede lograr.
La afición, el corazón del equipo
Si hay algo que define al Santos Laguna, es su afición.
Fiel, intensa y orgullosa, la hinchada lagunera está considerada una de las más apasionadas del país.
No importa si el equipo gana o pierde: los cánticos no paran, las banderas no se bajan y los aplausos nunca faltan.
El sentimiento va más allá del fútbol: es identidad, es pertenencia, es amor a una tierra y a un escudo.
Los “Guerreros” no solo juegan en la cancha: también están en las gradas, en los hogares, en las calles.
Y cada niño que viste de verde y blanco lleva en su pecho una historia que empezó aquel día de 1988.
El legado que continúa
Hoy, Santos Laguna es mucho más que un club: es una institución moderna, con fuerzas básicas sólidas, proyectos sociales y una visión que trasciende el deporte.
Su Centro de Alto Rendimiento Territorio Santos Modelo (TSM) es uno de los más completos de América Latina.
Pero lo más importante es que la esencia no se ha perdido.
Aquel espíritu del debut, esa emoción de verlos por primera vez en Primera División, sigue vivo en cada partido, en cada gol, en cada lágrima.
La historia sigue escribiéndose
El 22 de julio de 1988 no solo nació un equipo: nació una forma de sentir el fútbol.
Desde entonces, Santos ha ganado campeonatos, ha formado ídolos y ha puesto a La Laguna en el mapa futbolístico de México.
Pero más allá de los trofeos, lo que realmente importa es lo que representa: la unión de un pueblo, la fuerza de una región y el corazón de una afición que nunca deja de creer.

